El clásico

Tengo 32 años y hace poco terminé por primera vez Half-Life. A algunos está afirmación les afectará tanto como el grito del afilador que empuja su ciclomotor por la calle, pero otros es posible que estén pensando en mi familia y no lo hagan con pensamientos alegres. Les comprendo perfectamente y quiero explicar por qué y excusarles al mismo tiempo.

Soltar la frase con la que he abierto este texto dice mucho más de lo que aparenta. Más que decir, define una línea de acontecimientos, afortunados o no, que han encarrilado la vida de un sujeto, en este caso un servidor, lejos de un momento histórico. Cualquiera se puede etiquetar como jugón, gamer, friki o como coño se quiera decir ahora, y tendrá simplemente eso, una etiqueta como las camisetas del Primark. La verdadera etiqueta viene con los hechos acometidos y la “calidad” de ellos con respecto a la naturaleza del título a conseguir. Es por eso que alguien que sólo juega a FIFA´s y PRO´s no considero que merezca y deba usar el comodín de “me gustan los videojuegos”. No, amigo, te encanta el fútbol, y bien por ello.

Pero no quiero derivar este brote de ideas que me está saliendo de la oreja en un choque de egos, aquí lo que importan son los hitos, que existen en los videojuegos como existen en los libros, el cine y la series de televisión. En todos estos campos existen los conocidos como clásicos, cuya definición me ahorro explicar porque me parece totalmente innecesaria.

Todos sabemos que estamos ante un clásico porque alguien en el pasado lo ha catalogado así. Dudo mucho que le gente que viera Casablanca, leyera El Quijote o siguiera al día El Prisionero, fuera consciente de que estaba ante obras que serían disfrutables (algunas más que otras) décadas o siglos más tarde. Fue en el momento en que la perspectiva del espectador cambió por completo cuando atisbaron dónde estaban las bases, las frases inmortales y los personajes míticos. Fue al comparar cuando comprobaron que muchos fallaban donde los clásicos triunfaron.

Por supuesto eso no niega que una obra contemporánea pueda subirse a los lomos de su competencia para agarrar la mano de alguna obra imperecedera y alcanzar su mismo podio. Pero no se le conocerá como clásico, esa etiqueta sólo la da el tiempo.

Estoy seguro de que Super Mario Bros (Nintendo EAD, 1985) habrá pasado por la mente de alguno mientras leía hasta aquí. Es el comodín a la hora de hablar de clásicos del videojuego, un puesto que se ha ganado con todas las de la ley pero que creo que es algo injusto, tanto para la obra de Miyamoto como para el resto de videojuegos.

Super Mario Bros es un juego que a día de hoy sigue siendo la diversión absoluta mezclada con el reto al jugador. Lo puedo jugar tanto yo como mi suegra (true story). Se lo pones a un crío de tres años y lo tendrás absolutamente hipnotizado viendo ese amasijo de píxeles italianos dando saltos de aquí para allá. Super Mario Bros sigue funcionando y sigue siendo mejor que muchísimos plataformas. Y ojo, hay otros plataformas mejores que él.

Con Half-Life (Valve Corporation, 1999) me ha ocurrido algo que se podría establecer como un supra-nivel dentro del clasicismo. Existen juegos tan venerados que cuando alguien se aproxima a ellos tarde, o muy tarde como ha sido mi caso, lo hace con un respeto tan absoluto que casi roza el temor. Es como si el juego fuera a valorar de primeras si somos dignos de él. ¿Sabré apreciar sus exaltadas virtudes? ¿Aceptaré el paso del tiempo que ha transcurrido? ¿Estaré a la altura de este juego? Suena absolutamente ridículo, pero es la sensación más cercana a la realidad que viví cuando comencé a jugarlo.

Me llamaron afortunado en Twitter por jugar ahora a Half-Life, casi 14 años tras su lanzamiento. Eso me lo dijo alguien que sigue hoy en día teniendo al juego de Valve en un pedestal, alguien que no estaba seguro de mis gustos o si yo estaba a la altura del juego. Eso es fe ciega, eso es lo que produce un verdadero clásico.

Ya es momento de decir que Half-Life me ha parecido una jodida obra maestra. Un absoluto deleite que enmascara su vetusta cara (a ver qué pasa cuando juegue a Black Mesa) con un halo creado a partir de elementos identificables pero que encajan tan bien que uno no habla de “la mecánica” o “la historia”, habla del juego en sí. Half-Life marcó un hito, un hito que se ha convertido en canon de un género vapuleado por las exigencias de un sector del público que busca algo que Half-Life no se molesta en ofrecer, ni falta que le hace.

Incluso juegos recién sacados del horno, con un cuidado preciosismo estético, palidecen ante la gran obra de Valve, no comparando punto por punto, sino en conjunto. BioShock Infinite es una maravilla para los ojos, pero al final del día Half-Life sigue sobrecogiendo el alma con un pasillo mal iluminado y enemigos que casi no saben lo que es una línea curva. Con esto no quiero decir que en el género de los FPS sólo exista Half-Life, sino que Half-Life es el mejor ejemplo que existe para definir lo que es un clásico.

No hay que irse a planos bidimensionales plagados con amorosos píxeles para encontrar un ejemplo de videojuego clásico (si hay algo que odio de esta nueva ola retro es que parece ser que si no pones un juego de pixelacos como tu favorito es que no tienes ni idea de videojuegos). No, un clásico no está únicamente y exclusivamente marcado por su añeja calidad gráfica, por su aparición en cuatrocientos “Top 10 de los mejores juegos que…” o porque el panadero de tu barrio te diga que hasta su perro lo juega.

El clásico en realidad nace del interior de cada uno, de la incesante búsqueda por ese juego que sacie por completo las esperanzas puestas en él, por desorbitadas que sean. El clásico hace esto con sus virtudes y sus defectos, porque nadie está libre de pecado, pero nos agarra tan fuerte de la pechera que durante un tiempo se convierte en el puto Santo Grial lleno de la pócima de Panoramix. El clásico consigue nublar el recuerdo que tengamos de otros juegos para colarse en lo alto de nuestro podio mientras le hacemos el pasillo. El clásico simplemente no muere.

Yo he esperado a cumplir 32 años para darme cuenta de esto, y lo he hecho cuando he encontrado un clásico, no uno más, mi clásico. Y con la perspectiva que me ha dado creo que me puedo considerar algo más jugón, gamer, friki o como cojones se diga ahora.

Roberto Pastor

Nunca pensó que una Game & Watch le llevara a adorar los videojuegos. Se dedica a la programación informática mientras disfruta de otras aficiones mal vistas como el manga y el anime. Participa en Kafelog, podcast en el que habla de cine.

  1. Kevin Báez

    Yo tan sólo tengo 20 años, pero sé de la sensación de enfrentarse a un clásico venerado. Soy un gran fan del mundo videojueguil, y desde hace tiempo, además de seguir viviendo la bonita época del HD y la precisión del control, me gusta viajar al pasado (sobretodo a aquel que no viví), para jugar un clásico y, ayudado de Podcasts como el Club vintage, Retropulpodcast, asilo retro… busco y encuentro números para machacar los mandos en una vieja consola o (la mayoría de las veces) en un emulador. Y me siento totalmente identificado con las sensaciones de respeto y encongimiento que describes cuando se ve uno ante un producto venerado, ¡A los que la gente dedica programas de 20 horas! “¿Y si no me gusta?” “¿Será culpa mía o del videojuego?” “¿Qué es lo que no estoy viendo?”, pero cuando descubres un pequeño título maravilloso o un gran juego que sabes que será “tuyo” para siempre, pocas sensaciones hay más grandes.

    Saludos del chico que quería ser un jugón. Perdón por la parrafada.

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  2. Narfm

    Completé Half-Life y sus expansiones hace algo más de un mes, habiendo jugado anteriormente la segunda parte. Me pareció el mejor payuum payuum en primera persona que he jugado. O, al menos, el más divertido, que es de lo que se trata en los videojuegos.

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