Maldita Castilla

– Voto a Dios -dijo entre dientes el jesuita- que tengo sed.

Con esa frase el jesuita Pablo levantó el brazo hacia la tabernera indicando otra ronda de vinos para el grupo que en la taberna de San Ildefonso se había montado.

La mesa estaba ya llena de botellas vacías, pero a sus compañeros, como a él, parecía no importarle. Su compañía, si como tal podía denominarse, consistía en Alfonso, que se las daba de hidalgo y de valiente, siendo más bien de baja familia y valentón, muy de arrugarse los bigotes, casi tan largos como los gavilanes de su toledana, el buen Tomás de Roque, de mediana edad pero apariencia juvenil, siempre puntilloso, que llevaba por negocio el de la orfebrería, en la Calle Mayor, cerca del Alcázar Real, y Felipe Guzmán, mozalbete bravucón de esos que, por tachar inexperiencia del rostro, apostaba por sonrisas, socarronerías y “no me tientes que”. Un pisaverde.

El grupo se juntaba estando la tarde avanzada, para despachar las novedades que, entrada ya España en el siglo XVII, ya corrupta y sufrida, pero aún erguida, se mencionaban en los mentideros, que no eran lugar de estancia amable para los allí constituyentes de asamblea tabernaria.

Los azumbres llovían y nevaban las aceitunas, para mejor digestión, mientras los contertulios, como todos los días, sobrevolaban el día a día sabiéndose escuchados por los demás, aunque ninguna conclusión pragmática saliera nunca de aquellos labios solapados en la pequeña mesa.

– ¿Se han acercado vuestras mercedes al teatro a ver lo último de Lope? -inquirió Felipe.

– Verdes las siegan, que a los maravedís les gusta juntarse, e irse con pocos y elegidos amigos, prefiriendo siempre pluma a espada, pero a mí no me llegan -respondió Alfonso.

– No hace falta dinero, don Alfonso, que aquí con galantería y finura, créame, a más de una señora me he beneficiado, y a más de una obra he asistido, sin sacar ni uno solo de los oros que en la faltriquera llevaba -respondió a su vez Felipe.

– No todos tenemos esos naipes, Cuerpo de Dios -zanjó Alfonso.

– Que me place -añadió Tomás- , que no todo en esta vida es galantería y finura, y se lo dice un orfebre. Que vienen a mí señoritos de uñas blancas comprando cosas sin mirar, y vienen bellacos silenciosos, ruines como el Diablo, comparando dos piezas de prácticamente igual ver, buscando la diferencia y la ventaja.

Se quedaron en silencio un momento, buscando posibles temas, remojando los gaznates.

– Pardiez, que a veces España parece maldita -comenzó de nuevo Felipe, siempre sonriendo.

– No diga usted eso, tengámoslas a bien -respondió el jesuita, siempre paciente en cuestiones de fe.

– ¿Y cómo responde vuestra merced a que en dos semanas ni una moza se me haya acercado?

– Si lo que usted quiere es atraer a mozas por ir en carruaje, disimule usted los alquileres, que se ven a ocho leguas -respondió Alfonso, que se las daba también, claro, de Cupido.

– Será eso, porque ninguna se me acerca, y me asomo siempre -respondió el querubín.

– De todas formas, mentar a maldiciones no es de ser buen hidalgo -afirmó el jesuita.

– No me venga usted con esas, Pablo, que las maldiciones solo asustan a las viejas y a los niños -respondió Felipe.

– Hace tiempo se decía que Castilla estuvo una vez maldita -respondió por primera vez la boca Tomás, el orfebre.

– Esos son cuentos, patrañas -quiso resolver dispuesto Felipe.

– No son patrañas, Castilla fue Maldita.

Todos se volvieron hacia la voz, que le pertenecía a Emilio, un viejo tan cano que el invierno le tuteaba, siempre sentado en una esquina, callado. Nadie le hacía caso, pues nada hacía sino sentarse siempre en la misma apartada mesa, alejado de compañías que no fueran silenciosas, siempre serio navegando entre la memoria y el presente, muy ligeramente zumbón cuando iba asimilando el vino dulce de Málaga que de vez en cuando pedía. Enjuto, pequeño y cetrino, llevaba en la Taberna desde lo de Adán y Eva, y nunca le oyeron soltar palabra pese a todas los charlas, muy variadas en temática, que alguna vez habían tenido delante suya.

– Acérquese, Emilio, y cuéntenos -le incitó Pablo.

Emilio se acercó lentamente, cogiendo una silla e integrándose en el grupo, para sorpresa de éste, que no estaba acostumbrado a que nuevos rayos de sol se asomaran por entre sus nubes. Se sentó, y les lanzó una mirada de esas que te lanza un libro cuando se abre, o una mujer cuando se deja seducir.

– Os voy a contar lo que ocurrió hace unos siglos, así que traedme vino, que me irá dando sed -esputó Emilio.

Tomás pidió algunos azumbres más, y más aceitunas, y se quedaron mirándolo, sin saber qué esperar, como se mira a alguien que ha dado la última pisada en el último escalón de la ancianidad, alguien a quien la vejez le ha pasado ya de lado, saludándole desde la lejanía. Una de esas personas vetustas, habitualmente orgullosas y amargadas, que se resisten sin embargo a morir porque esperan un momento, una oportunidad para poder hablarles a los demás sobre algo trascendente de sus recuerdos. El grupo le estaba haciendo a Emilio un regalo, y por eso sus mayores componentes sonreían, sabedores de que en el fondo lo que quería Emilio no era más que ser escuchado.

Era el año 1081. Castilla era una región propia, llamada así por la cantidad de castillos que acaparaba. No sabréis lo que es una moura. Dejémoslo en que era algo así como una bruja, algo por lo que sería juzgada y quemada en la plaza más cercana hoy en día. Eran tiempos de Alfonso VI de León. Aún no habíamos descubierto las Américas, ni la corrupción nos había nublado el juicio, pudriéndonos por dentro, volviéndonos maleables debido a la ingente cantidad de lingotes de plata, dejándonos como único halago patrio el del orgullo, y el de la tozudez. Un demonio

Pablo se santiguó.

se acercó a Castilla, y descubrió a una moura, que lloraba por su amor perdido. El demonio la convenció de que usando sus lágrimas podría traer a su amor perdido de vuelta. La engañó. Con sus lágrimas creó una llave. Una llave para una puerta al otro mundo. Una puerta por la que se infiltraran los demonios.

Felipe no pudo aguantar más y se rió.

– Voacé está nublado en el juicio. ¿Cuánto vino ha bebido?

– Cállate, jovenzuelo, que de putas y matarifes sabrás mucho, pero ni el bigote te ha salido aún.

Felipe buscó apoyo en el resto del grupo, indignado por el tuteo, pero se echó atrás al comprobar que los demás se movían entre el respeto y la curiosidad. No todas las tardes tenían a un contertulio entre ellos que hablara de seres fabulosos y llaves demoníacas.

Los demonios acechaban Castilla. El rey Alfonso, un verdadero rey, no como el de hoy, que tiene más interés en clavar la lanza bajo la falda que contra los blasones del flamenco, llamó a sus mejores hombres. Don Ramiro, Don Diego, Mendoza y Quesada. Los mandó a Tolomera del Rey, origen del mal según los exploradores.

 

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En Tolomera del Rey dejaron a Don Ramiro sus compañeros, para inspeccionar el lugar. Rayos, truenos, terror. Muertos que andaban sobre la tierra, cuerpos desnudos corriendo sin cabeza, pájaros que te buscaban los ojos para comérselos.

 

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Don Ramiro se sorprendió, pero templó su corazón. Eran enemigos del rey, y siendo así, igual suponía un morisco que un cancerbero.
Un caballero enorme, sin cabeza, le esperaba en el recinto. Dominaba las artes oscuras, y era capaz de rozar el suelo con su espada, lanzando llamaradas sobre nuestro caballero y defensor, quien fue más rápido esquivando sus espadazos de fuego, logrando derrotarlo y convirtiéndose éste en piedra. Un hada azul comenzó a acompañarle en el camino, aliviando el corazón de Don Ramiro al saber que había más poderes en Castilla además de los oscuros, y que alguien rezaba por su alma. Se metió dentro del castillo, y luchó contra verdugos malditos. Cadáveres ahorcados poblaban toda la mazmorra. Luchó contra pequeños gusanos, anticipándose el primer gran combate de nuestro loado señor. Un gran gusano, enorme y maléfico, hacía temblar las bodegas del castillo, pero nuestro señor lo derrotó con facilidad.
El castillo estaba ahora limpio, pero sus compañeros habían explorado lejos, y volvieron a él para buscarle. Juntos subieron al carruaje, pero fueron atacados por arpías. Estas aves con cabeza de mujer les acosaron y atacaron multitud de veces. Después llegaron siniestros búhos, amaestrados para arrojar calderos flamígeros. Pese a todo, sobrevivieron. Un gran buitre bicéfalo los atacó, y derribó a Quesada. Nunca volvieron a saber de él. Le derrotaron, y Don Ramiro quiso pararse en el Alcázar, pues sabía que el mal podía yacer también ahí, y quería conocer el origen de la tormenta que había azotado las tierras de Castilla. Quedaron en verse en el bosque, y Don Ramiro subió a lo alto de los molinos, luchando contra criaturas infernales, demonios rojos voladores, que se colaban entre las aspas para intentar hundirle sus garras. Allí tuvo lugar un combate de antología, entre Don Ramiro y Nuberu, un espíritu con forma de anciano con poderes sobre la lluvia o las nubes. Le arrojó rayos, vientos huracanados, pero nada evitó que nuestro valiente y leal Don Ramiro le venciera.

 

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Por fin Don Ramiro llegó al Alcázar, donde luchó contra arqueros y soldados sin alma, y contra sierpes arrojadoras de fuego. Fantasmas azules, arpías que salían de sus nidos, caballeros sin cabeza y esqueletos que explotaban arrojando sus huesos con fatal determinación. En lo más profundo del Alcázar se encontró una mantícora, grande, feroz, roja y sanguinolenta. El combate fue feroz, lleno de garras y fuego, pero Don Ramiro estaba destinado a más dificultosos combates. La victoria fue clara. Las estatuas le lanzaban bocanadas venenosas, y Don Ramiro, esquivándolas, accedió al biblioteca, que estaba en llamas. Murciélagos ígneos se arrojaron sobre él, pero aún tuvo tiempo de salvar del fuego y el azufre un libro llamado el Amadís de Gaula, uno de sus más queridos libros. Se encontró al final de la biblioteca con un soldado de latón, delgadísimo, lanza en ristre, leyendo un libro de manera obsesiva.

– Disculpe, Emilio, ¿ha leído usted a Cervantes? -inquirió de manera abrupta Tomás.

– ¿A quién?

– Disculpe la pregunta, es una nadería, prosiga.

Este infernal caballero lanzaba puñales, hachas y hojas de libros que cortaban como cuchillas. Era muy ágil, y esquivaba con brincos las estocadas de nuestro muy magnífico caballero Don Ramiro, que acabó derrotándole, aturdido y fatigado por el esfuerzo.

 

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Los compañeros de Don Ramiro le esperaban en el bosque, pero para llegar a él había que cruzar el tenebroso pantano de Malaventura, rodeado de leyenda por el campesinado local. Don Ramiro tuvo que dejar su corazón a un lado para no sucumbir ante los enemigos a los que se enfrentaba. Plantas carnívoras liberaban voraces moscas, y unas criaturas acuáticas salían del pantano para llevarle de vuelta a él. Había galápagos y huesos de enormes criaturas asentados en lo más hondo del pantano, una tierra alejada de la humanidad. Hasta sirenas, esas sobre las que se narra en las andanzas de Odiseo, intentaron seducir a nuestro creyente Don Ramiro. Tarasca, una criatura mitad tortuga mitad dragón, la madre de los siniestros galápagos que habitaban el pantano, fue derrotada a la entrada de la cueva, el origen del mal del pantano. Un búho parlante le acompañó por ella, alumbrándole el camino. Don Ramiro, que ya no gozaba de la compañía del hada azul, pensaba que esos poderes benignos que a veces le ayudaban lo hacían ahora en forma de búho, pero se equivocaba. El traicionero búho le guió entre los trolls de la caverna, pero acabó llevándolo a una trampa. Don Ramiro mató al búho antes de que el techo le aplastara, y encontró un túnel hacia el verdadero mal del pantano. Un alma errante corrompida le atacó desde la neblina, en un habitáculo antiquísimo, restos de una secta ancestral. Don Ramiro lo derrotó devolviéndole la paz.
Quedaba menos en el camino. Para llegar al objetivo final debía atravesar el bosque, que se esperaba maldito. Entes arbóreos y fuegos fatuos le recibieron, así como gigantestas criaturas ciclópeas. Le atacaron serpientes, y empezaron a salir caras de los árboles. Las plantas crecían a su paso, intentando enredarle. mientras combatía de nuevo a soldados y a sirenas. Se encontró con Mendoza, pero este ya no era el caballero fiel, rápido para la risa y para el enfado, con el que había compartido tantos años de batallas, sudor, sangre y hermanamiento. Mendoza le atacó con su hacha arrojadiza, pero Don Ramiro fue más rápido. Sorprendido aún por la desventura sufrida por su compañero, una flecha se clavó cerca suya. Don Diego, el fiel arquero, también tenía su alma corrupta, pero fue derrotado fácilmente por Don Ramiro.

 

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El corazón de Don Ramiro se acongojó, volviendo de allá donde hubiera ido. Estaba solo, y las demoníacas posesiones había acabado con las vidas de sus compañeros. Enterró sus escasos restos en temporal sepultura, prometiéndose volver para que sus hermanos tuvieran eterno y cristiano descanso, y su corazón, que había regresado, ardió de templada furia. Entró en otra caverna, llena de cadenas, cadáveres y calderos animados. Llegó hasta el fondo del otrora refugio oculto del bosque, y en la sala principal había ahora signos demoníacos grabados en la piedra. Una moura habitaba en ella, y le atacó rodeada de serpientes. Al verse derrotada, se despojó de sus ropajes y varió de forma, transformándose en una mezcla de mujer y sierpe. Don Ramiro luchó contra sus emociones encontradas. No solía luchar contra mujeres desnudas, pero algo le decía que aquella moura tenía mucho que ver con los males de Castilla. El lugar se llenó de serpientes, y los brazos de Don Ramiro empezaron a volverse pesados de tanto lanzar estocadas, pero su fe le dio fuerzas. Derrotó a la moura. Supo de la maldición que había sufrido. Supo de la existencia de las lágrimas de la moura. Y supo que, en su camino, inconscientemente, las había ido recogiendo con cada acto de generosidad, valentía y lealtad. La reunión de las lágrimas le permitió abrir el portal, pues no otra cosa eran las señales demoníacas de la pared. Don Ramito entraba ahora en el reino del dolor.

 

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Le recibió Caronte, y tras su cobro fue atacado por las criaturas del Averno. Por fin llegó a tierra, y anduvo sobre montañas de calaveras, las víctimas masacradas de Castilla, enfrentándose a ángeles caídos sin nombre ni tierra. Llegó ante una puerta guardada por un esqueleto con armadura. Atravesó al segundo y después la primera. Estaba en un castillo de piedra, podría haber imaginado que estaba en el exterior en Castilla, si no fuera por los magmáticos reflejos que acechaban en las ventanas. Volvióse a encontrar con cadáveres ahorcados, y con enormes gusanos, con soldados sin cabeza y con mantícoras. Nigromantes armados con libros negros le atacaron, mientras ascendía a lo alto de la catedral del infierno. Tras atravesar un pasillo, llegó a una cumbre demoníaca, donde un señor canoso era escoltado por criaturas infernales, que comenzaron a atacarle. Tras derrotarlos a todos, el señor canoso se erigió como un ser mayúsculo, una esfinge, aquel a quien llaman Luzfarel. De su mano salió fuego, pero el fuego ya era un enemigo conocido por Don Ramiro. Cuanto le derrotó, el corazón de Luzfarel salió de él intentando invocar fantasmas pero Don Ramiro lo apuñaló con la determinación del héroe.

 

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Don Ramiró acabó con el imperio del miedo, y el infierno comenzó a derrumbarse. Antes le dio tiempo a contemplar cómo todas las almas secuestradas por Luzfarel se liberaban, y cómo se reunían las almas de la moura y la del amante perdido. Pues las mouras no son brujas, sino mujeres encantadas por sufrir el mal de amores. El amor abrió la puerta.
Don Ramiro, exhausto, sacó fuerzas para volver a caballo a las estancias del rey Alfonso. La luna le hacía compañía, y hacía ya mucho que había dejado de llover.
Cuando el rey alabó su valentía y le ofreció un regalo, Don Ramiro solo pidió un cementerio decente para sus amigos caídos y caridad para sus familias.
Al día siguiente, el rey y Don Ramiro cenaron juntos. Hubo comida y bebida por doquier. Los bardos cantaban. Don Ramito disfrutó su momento de gloria. Su fama pasaba a ser legendaria.
Cuando Don Ramiro salió del castillo, días después, vio a las talladores terminando una enorme estatua con su efigie, en su honor.

Se quedaron todos callados, esperando alguna palabra más de Emilio, mas éste calló.

– Vive Dios -dijo Tomás- que no es mala historia, sea cierta o no.

– Certus -respondió Emilio.

– En cualquier caso es historia vieja -afirmó rotundo y sonriente Felipe.

– En mis tiempos los jóvenes eran más respetuosos -dijo Emilio plantando su mirada seca.

– Bienvenido a nuestros tiempos entonces, caballero, y ahora discúlpenos, que tenemos mucho de qué hablar -zanjó el mozalbete.

– Deberíamos irnos ya, que la noche se nos ha echado ya encima -dijo Tomás.

– Muy de acuerdo. No son horas ya, y charla ha habido suficiente -comenzó a despedirse Alfonso, que apenas había hablado durante la velada.

– Vámonos, Felipe. Y si tienes sesera ahí dentro recordarás la tarde de hoy -hilvanó el jesuita.

– ¡Pero señores, no se dejen apesadumbrar por este anciano! -espetó Felipe.

Los demás se fueron retirando, pensando en la historia de Emilio, meditando sobre las historias que cuentan los ancianos, sobre sus motivaciones, y sobre la influencia que la cercanía del fallecimiento podía ejercer en sus pensamientos. Felipe se quedó a solas con Emilio, y le lanzó una mirada furibunda.

– Diviértase vuecelencia contando historias y sandeces -se despidió arrogante la Juventud, ciñéndose la herreruza.

La Ancianidad paseó su mirada por la taberna. Ya se había acostumbrado a estar solo, a oler la muerte sobre su hombro. Recogió sus escasas posesiones y caminó hacia su casa, cansado pero satisfecho de haber contado la historia una última vez.

Entró en su casa, y los viejos aromas le abrazaron.

Le echó un vistazo a un grabado suyo. Había pasado ya mucho tiempo, la tela se había resquebrajado, pero seguía viéndose en su imaginación con la estatua, y recordaba aún a los bardos cantando sobre la similitud de sus tamaños. Abrió un cajón de su escritorio y sus ojos se iluminaron. Sus ojos resecos habían olvidado cómo llorar, quizá por eso apretó con mayor fuerza las lágrimas secas de la moura, que una vez recogiera, esperando quizá un sentimiento que le atara al mundo, que le impidiera separarse de él.

Se llevó las lágrimas a la cama. Se despojó de sus ropas y de sus zapatos. El Tiempo le separó las sábanas, y le tapó después con una sonrisa complaciente.

Don Ramiro descansó.

Guillermo G.M.

Fundador de Deus Ex Machina. Ha escrito en Desarrolloweb.com, Sphera Sports, Mondo Píxel, OchoQuince Magazine, Jot Down, Fuera de Series, El Butano Popular o Indieorama. Ha dado ponencias centradas en la historia del desarrollo independiente y en el indie fomenta la conciencia social.

  1. Jaime

    Excelente artículo, bien resuelto y mejor hilvanado. Con una prosa derivativa pero digna de mención – Don Arturo Pérez-Reverte estaría complacido, si no necesariamente orgulloso. A fe mía.

    Realmente Deus Ex Machina sabe cómo ofrecer un elemento diferenciador. Digno de elogio, y aliento. Bravo!

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  2. Mith

    A fe mía que comentarios como el suyo, buen Jaime, compensan la escritura de miles de palabras.

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    • Jaime

      Que me place 🙂

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